Memorias de una gallina

Memorias de una gallina

martes, 16 de febrero de 2021

CUANDO TENÍA TU EDAD

 

CUANDO TENÍA TU EDAD

 

¿Quieres saber cómo era cuando tenía tu edad?

 Recuerdo que, cuando era como tú, me gustaba dibujar perfiles, la mayoría de mujeres con el cabello suelto que el viento acariciaba, con pestañas muy largas y con ojos bien abiertos y claros. Como si retratara la libertad.

Recuerdo también que tenía mi muro favorito de la casa de una vecina donde luchaba con monstruos y no era salvada por ningún príncipe, yo misma me rescataba. Trepaba árboles y corría girando mi brazo para darme velocidad como si fuera una hélice, daba vueltas y era tan feliz como un trompo, aunque me quedaba sin aliento.

Era flaquita como un fideo, usaba cerquillo que apenas tapaban mis vivaces ojos, los cuales parecían hablar, se sorprendían y se expresaban de una manera increíble que parecían dioses que vivían apartados de mi ser completo, porque era muy tímida y me sonrojaba cuando alguien se dirigía a mí.

Lo que siempre me causó extrañeza es que mi mamá me vestía igual como mi hermana dos años menor que yo, lo cual no entendía porque éramos muy diferentes, mi cabello era lacio y el de ella ensortijado, mi piel era más clara y ella era color canela. Pero lo lindo de esos momentos es que usábamos vestidos, un tiempo se puso de moda los maxis, que eran vestidos que cubrían hasta los pies, muy hermosos, hechos de una tela fresca y que nos hacía sentir reinas.

Me gustaba coleccionar pensamientos, imágenes, letras de canciones y leerlos en momentos que me sentía con melancolía. Algunos me los aprendía de memoria. Repetía los versos sencillos de Martí para dedicarles a mis amigos y me emocionaba.

Era fanática de Candy Candy y me gustaba cantar y aun canto: “si te sientes solo recurre a mí, te estará esperando aquí, cuéntame tu historia y te alegraras sabes que una amiga tendrás, búscame sígueme, llámame…”.

Me gustaba ver películas y sumergirme en ese arte como si yo estuviera en las escenas. Suelo imitar voces como de bruja, no sé si en el fondo lo soy.

Fui creciendo llena de alegría con mi familia a pesar de nuestras carencias, valorando que mi mamá siempre me compraba periódicos y revistas que me gustaban leer, por ellas me enteré de las princesas Carolina y Estefanía de Mónaco, me preguntaba por qué teniendo tantas cosas, no eran felices.

Mi papá, aunque no estaba mucho tiempo con nosotros por su trabajo, nos daba todo su cariño y disciplina que nos ayudó a salir adelante. Fue quien nos llevaba a ver a Yola Polastry y hasta fuimos al programa de moda “Fantástico” porque conocía a algunos señores de la televisión y artistas e incluso uno de sus primos era un cantante. Aunque, él siempre me bromeaba y me decía mi monjita porque me gustaba estar en casa, mientras mis hermanas salían con sus amigas. A él le debo mi gusto por la música criolla, no me puedo olvidar de Los embajadores criollos

Una vez le regalaron pases para ir a ver a Indochina, yo y mi hermana menor fuimos a verlos y saltar con Canary Bay, Trioseme sex, L'aventurier. Fue inolvidable porque saltamos como si fuéramos canguros y en un momento nos perdimos, pero al final del concierto nos volvimos a encontrar.

Yo parecía resignada a este destino, pero en el fondo me decía: Yo, ¿monja?, no eso no va conmigo. Era seria, tranquila y responsable, trataba de no sacarle canas verdes a mis padres y no quería que gasten de más en mí, aunque si hice algunas travesuras, pero ¿quién no las ha hecho?

El año 1992 mi vida rutinaria y casera cambiaría. Fui al doctor con mi mamá y allí viví el momento más terrible de mi existencia. Al hacerme la revisión, el doctor encontró unos bultos en mi cuello y llamó a otros médicos, todos me observaban y revisaban como si fuera un bicho, entre ellos comentaban y me aturdían. Finalmente, me dijo que debía ir a Neoplásicas y ese día lloré tan amargamente que pensé que inundaría mi cama con mis lágrimas.

Ir a Neoplásicas era sinónimo de tener cáncer, tenía mucho miedo de morir. Además de ser una odisea: debíamos madrugar, hacer cola para lograr obtener un ticket de atención e ir en taxi. Todo ese esfuerzo lo hice acompañada de mi mamá. Luego, debía pasar una prueba totalmente desnuda ante un desconocido que, aunque fuese médico, no me daba confianza y quería llorar. Después de este suplicio, debía ahora esperar los resultados los cuales se me hicieron eternos.

Como si una culebra me asfixiara me dolía la garganta y no paraba de llorar pensando que moriría, le pedí a Dios que me permitiera vivir, que cambiaría y lucharía para ser profesional y dejaría mi vida casera y rutinaria. Me acordaba de la canción de Parchis: Dios mío ayúdele, Dios mío sálvale, viviremos siempre para amar y a los mayores respetar.

El día D llegó, yo estaba temblando como gelatina, tantas ideas locas pasaban por mi mente y me invadían las preguntas: ¿qué me pasaría?, ¿Cuánto tiempo me quedaba? ¿Qué me había perdido de vivir en este tiempo?

 El diagnóstico del doctor me asombro y alegro al mismo tiempo: no se detectó nada malo y me dijo que esas protuberancias desaparecerían con el tiempo, confundida y a la vez agradecida con la oportunidad de vivir, le dije a mi mamá que quería postular a la universidad, que quería estudiar en San Marcos. Sin embargo, ya el examen de ingreso ya había pasado. Me quedaba solo prepararme y presentarme el próximo año.

Así fue como postulé a la Facultad de Educación de San Marcos e ingresé a mi alma mater. Allí me encontré con un universo de ideas, posturas, luchas y mis mejores amigos que aún conservo.

 (Esta historia nace como parte del taller Te regalo un cuento dirigido por Jorge Gonzalvo-Atrapavientos)

 

 

 

 

 

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