Es un día frío y tranquilo. Estoy en el aula de primer año. De repente, entran dos pequeñas avecillas, que invaden con su color el salón de clase y recorren el aula buscando comida. No les inquieta mi presencia.
Después, contemplo el salón sin estudiantes, sin preguntas. Empiezo a cantar y recuerdo cuando yo estaba en el colegio.
Escucho la voz de un compañero imitando a Rubén Blades: la ex señorita no ha decidido que hacer en su clase de geografía mientras que la susodicha piensa en su desdicha y su dilema... Otro compañero toca la carpeta como si fueran timbales, yo escuchó atentamente la historia de la canción y vaya que problemas los que se relatan.
Entonces, recuerdo que ayer un estudiante me dijo: algo le pasa a mi compañera, no esta bien, hable con ella.
La busqué por todo el colegio y no había venido al colegio. Mi preocupación crecía y quería ayudarla. Tocó el timbre. Los chicos llegan como una estampida, algunos saludan y otros me preguntan: Miss, ¿Qué le pasa? Nada. Mi rostro debe dibujar mi sentir.
La clase hoy está muy dinámica, ellos leen y de pronto, veo que nuevamente dos aves están en la ventana como si estuviera escuchándolos. Ahora son parte de la sesión.
Suena el timbre de la salida y me digo: mañana será.
Para ti que te gustan las historias, quieres compartir la experiencia de ingresar a un mundo mágico donde puedes ser también el protagonista, entonces puedes contar conmigo.
Memorias de una gallina
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-Aléjate pronto fue lo último que le oí decir. Al abandonar la cafetería, al poco tiempo sentí una explosión. Caí al suelo violentame...

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